jueves, 2 de junio de 2011

Dejar ser ≠ Dejar de ser

El amor, al igual que las casualidades, no existe; sólo la ilusión que alimentamos nosotros mismos con supuestos día a día. Analicémoslo de ésta forma: en una relación, el tiempo aproximado que dura la ilusión es de 6 meses; período máximo que una persona normal aguanta los padecimientos y pretensiones del otro. Pasado ese lapso empiezan a surgir algunos fantasmas, entre los que se destacan los celos, la inseguridad, el frenetismo y, por supuesto, las ex. No obstante, nos damos cuenta que en realidad estamos enamorados de los propios deseos apostados en el otro.

-Cortamos porque él cambió mucho desde que nos conocimos; ahora en lugar de pasar los viernes conmigo, se junta a comer con los amigos-

No es que cambió, siempre prefirió a sus amigos y está perfecto, así debe ser y deberías imitarlo. Pasó medio año desde que empezaron una relación, el pibe no pudo sostener más de 6 meses la farsa de “cambiar” a los amigos. Lo interesante está en que mientras él desplace el lugar de sus amigos para pasar más tiempo con vos, está perfecto, es divino; ahora, cuando te desplaza a vos para estar con sus amigos significa que “está cambiado”, “no me quiere”, “ya no es lo mismo de antes”. ¡Y claro! Sólo una mente enferma puede pretender alejar de sus amistades a su pareja para sentirse satisfecha de sí misma. ¿Quién puede aguantar más de 6 meses con alguien que sólo espera que cumplas sus caprichos?
Ahí nace el gran problema, muchas veces buscamos cambiar el orden del otro, invadiendo espacios llenos. No es la forma, alterar sus costumbres no lleva a nada y, por si no se los dijeron, las personas no cambian.
En lugar de querer cambiar al otro según nuestros deseos y pareceres, dejemos ser a quién, suponemos, “amamos” y aprendamos a convivir con lo bueno y malo de eso. Tu felicidad no tiene por qué ser la misma que la mía, y no hay acto de afecto más leal que quién entiende y comparte la felicidad del otro sin ser la propia.

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